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Por Lyd Pensado Piedra

Hablar de la trata de personas se ha vuelto muy usual en los últimos años. Existen movimientos que nacen y crecen para luchar en contra de esta situación. Esta crueldad, hoy en día, mantiene en esclavitud a más de cuarenta millones de personas en todo el mundo. 

Cuando escuchamos hablar sobre la trata de personas, es común pensar en aquellos grupos que están en explotación sexual. Sin embargo, existen muchas formas en las que se puede presentar este fenómeno, tales como: matrimonio forzado, mendicidad, servidumbre, adopciones ilícitas y tráfico de órganos, entre otras. Es importante que tengamos en mente las diferentes modalidades, porque así dejaremos de ignorar a otros grupos que están expuestos y que son altamente vulnerables a caer en las redes de los tratantes. 

El desconocimiento de algunos tipos de trata de personas es lo que ha hecho que dejemos de cuestionarnos acerca de situaciones que hemos normalizado en nuestra sociedad. Por ejemplo los niños que piden dinero en la calle. ¿De dónde vienen? ¿Cómo llegaron allí? ¿Qué hacen cuando no están en la esquina? ¿Quién los cuida? O, ¿cómo es que una joven indígena llega a trabajar a la casa de mi vecina? ¿De dónde la conoce? ¿Cómo supo del trabajo? 

Es importante prestar atención a lo que pasa a nuestro alrededor, ya que sin darnos cuenta podemos estar normalizando la injusticia y en consecuencia, no alzamos la voz ni hacemos algo frente a lo que necesita ser transformado. Sin embargo, esto no es algo nuevo. Lo vemos reflejado en la historia de Judá, un hombre que tuvo tres hijos (Génesis 38). Llegado el tiempo, Judá casó a su primogénito con Tamar, pero este murió. Así que le dijo a su segundo hijo que se casara con la viuda para cumplir con su deber familiar de cuidar de ella y darle descendencia a su hermano. De esta manera proveería a Tamar de una familia que la cuidara, pero también este hijo murió. 

Frente a esta doble tragedia, Judá tuvo miedo de casar a su tercer y último hijo con ella. Así que le dijo que se quedara en casa de su padre y esperara a que su hijo menor creciera para poder contraer matrimonio con él.  El miedo de Judá a perder a su hijo era tan grande, que prefirió que Tamar viviera como una mujer viuda e imposibilitada para construir una vida familiar; aun cuando había llegado el tiempo apropiado para casarse con su hijo. Así que Judá siguió con su vida e invisibilizó lo que para ella significaba ser una mujer viuda, dejándola además desprovista de familia y apoyo. 

Por su parte, Tamar encontró una forma arriesgada de llamar la atención de Judá y hacer visible la injusticia que estaba sufriendo por mano de él. Por eso, se cubrió con un velo para que nadie la reconociera y se sentó en la entrada del pueblo. Cuando Judá la vio, creyó que era una mujer que se dedicaba a la prostitución y decidió acostarse con ella. Se le acercó y acordaron un pago, mismo que él mandaría más tarde. Ella le pidió dejar algo en prenda. Judá le dejó su sello con el cordón y el bastón.  Sucedió que tres meses después le dijeron a Judá que Tamar estaba embarazada. Esto daba evidencia de que había estado con otro hombre y no había respetado el tiempo para casarse con el hijo de Judá. Así que él mandó que la sacaran y la quemaran. Sin embargo, ella pidió que llevaran a Judá los objetos que él mismo le había dejado en prenda por tener relaciones con ella. 

Al ver sus cosas, Judá estaba tan sorprendido que no le quedó más que reconocer que él había sido el responsable de haber tratado de manera tan injusta a Tamar. Sus palabras fueron tajantes: «—Ella es más justa que yo, porque no arreglé que ella se casara con mi hijo Sela. Y Judá nunca más volvió a acostarse con Tamar» (Génesis 38:26 NTV). 

Tamar tomó una decisión que para nosotros podría ser cuestionable, pero para ella era la única opción. Necesitaba mostrarle a Judá la gravedad del olvido al que la estaba sometiendo. Aunque esta historia sucedió en un contexto cultural diferente al actual, nos deja muchas preguntas para reflexionar:  

¿Alguna vez hemos mostrado la actitud que tuvo Judá? ¿Alguna vez hemos eludido nuestra responsabilidad de atender y velar por las personas vulnerables? Como sociedad, ¿hemos olvidado a ciertos grupos, invisibilizándolos y dejándolos vulnerables a las redes de la trata de personas y explotación? ¿Quién será nuestra Tamar, la que nos despierte del sueño de la indiferencia y nos muestre nuestra responsabilidad al respecto? 

Este pasaje es una invitación para no cerrar los ojos a la posibilidad que tenemos de ser agentes de transformación y restauración para personas que necesitan ser vistas, escuchadas y apoyadas.  Sin importar a lo que nos dediquemos, somos llamados a estar dispuestos a poner nuestras habilidades, dones y conocimientos en favor de aquellos que por su situación no pueden defenderse a sí mismos.  Podemos luchar para que el mundo vea que ninguna forma de explotación es parte del plan de Dios. Dejemos de normalizar la injusticia y asumamos nuestra responsabilidad. Repudiemos la indiferencia y tomemos acciones concretas para que estas personas recuperen la vida digna que Dios desea para ellas.

Estar informados acerca de este problema es esencial para que seamos parte de la prevención de este delito. Nuestros niños, niñas y adolescentes son los más vulnerables ante este crimen y debemos protegerlos, alertarlos y estar pendientes de sus actividades y las personas con las que se comunican, sobre todo cuando usan el internet. Al conocer sobre los métodos que los tratantes usan para enganchar a sus víctimas podemos establecer medidas de seguridad adecuadas para nosotros y los nuestros. La prevención es uno de los primeros puntos en que podemos ser parte de la solución y no del problema. 

Gracias a Dios ya existen leyes que condenan la trata de personas en todas sus formas, como el protocolo de Palermo. En México existen instancias que persiguen este crimen y donde podemos denunciar, además de organizaciones que trabajan en el rescate de víctimas. ¡Es posible cambiar estas historias!  Esta realidad es mucho más cotidiana de lo que pensamos. Decenas de casos pueden estar sucediendo a unos pasos de donde vivimos o en los lugares que más frecuentamos. Estas son algunas señales de alerta:

  1. Desnutrición.

  2. Mostrar marcas de abuso o heridas físicas.

  3. Evitar el contacto visual, la interacción social y a las autoridades (policías).

  4. Apegarse a un guión o a respuestas ensayadas en una interacción social. 

  5. No contar con identificación o documentos personales.

  6. Diferencias evidentes: señores con jovencitas o vestimenta/apariencia inconsistente entre ambos. 

 

No dudemos en denunciar cualquier sospecha. Nuestra intervención puede salvar una vida.  

Consejo Ciudadano de la Ciudad de México, como línea nacional de denuncia de la trata de personas. 

01 800 55 330 00

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